Una revolución de energía diferente.

Publicado originalmente Global Energy para edición de enero 2022

Abrimos un nuevo año reflexionando sobre lo que actualmente acontece en el mundo buscando entender los grandes cambios que vienen ocurriendo. Cambios en muchos sentidos y en muchos lugares. Desde las nuevas lecturas políticas, encabezadas por el cambio en la constitución de Chile, hasta las señales de autoritarismo del presidente de Rusia, así como los nubarrones de una tercera ola de pandemia, esta vez con una nueva cepa.

El cambio climático ha sentado una pauta única por el impacto que le ha generado a una sociedad soñolienta, que parece haber despertado de un letargo de varias décadas. Este despertar ha venido moldeando actitudes que parecieran conducir a una nueva revolución de la energía, la cual responde a un término nuevo en nuestro léxico o taxonomía: transición energética. Una revolución diferente a otras ocurridas en el pasado, como lo fue la industrial en el siglo XVIII y que dio cabida en su momento al vapor, o el carbón, como fuentes alternas de energía.

El cambio de las fuentes de energía ya no es tan directo como lo fue hace más de un siglo cuando evolucionó de minas de carbón a pozos de petróleo; la ecuación ahora ha cambiado e incorpora elementos tan abundantes como el sol y el viento para mantener la uniformidad de fuentes naturales, sin mencionar otras opciones tecnológicas que ya avanzan aceleradamente y que comienzan a dejar su huella en esta etapa de transición energética. Podemos coincidir en que las diferentes fuentes de energía tienen dos propósitos: generar electricidad para asegurar el desarrollo de la economía, y generar combustibles para asegurar el transporte y las comunicaciones. Cualquier opción que pueda ayudar en estos propósitos son bien recibidas. Hasta ahora la energía fósil ha sido líder en esto y, a pesar de las críticas, sigue siendo predominante como abastecedor de acuerdo con los pronósticos para los próximos 30 años.

Dar un golpe de timón a estos pronósticos parece ser el objetivo primordial de la revolución o transición energética en proceso. No obstante, lograrla representa un reto complejo en varios sectores de la sociedad. No se trata de un compromiso de las empresas productoras de energías fósiles solamente, tiene que ver con implementar una agenda de transición energética que involucre activamente a gobiernos, instituciones académicas, empresas de manufactura y a la gente, los consumidores de la energía. De allí la importancia de concretar estrategias ambiciosas que combinen el entendimiento del ahorro de la energía por cada usuario, la eficiencia en la generación y la sustitución gradual de las fuentes más contaminantes por opciones alternas, y finalmente, la importancia de que se estimule la auto generación individual, empresarial y comunitaria.

El primer tema de esta agenda solo será posible con la aceptación de la sociedad, y para que sea así se requiere un cambio cultural y conductual en la gente, principalmente en el consumidor final, de modo que desarrolle una mayor conciencia en su uso y abuso, pues las tecnologías existentes dependen del consumo de energía. También es importante que los gobiernos locales implementen políticas amigables que faciliten la instalación de fuentes de energía solar en hogares: edificios o casas. De manera similar, el gobierno federal o central debe desarrollar políticas de incentivos que estimulen a las empresas manufactureras al desarrollo de su propia generación, contribuyendo, de esta manera a reducir su dependencia de la importación de electricidad de fuentes de suministro externas, cuyos centros de generación o abastecimiento se encuentran a grandes distancias.

La eficiencia de las empresas de generación debe ser mayor cada día, a fin de generar un kilovatio más económico, utilizando las fuentes más confiables y menos contaminantes y esto se logra con tecnología y competencia, pues a lo largo del tiempo el sistema energético se ha convertido en un modelo centralizado y muy concentrado en pocas empresas. De hecho, muchos han sido los países que han creado sus empresas nacionales para la generación, transporte y distribución de kilovatios. Empresas que se han transformado en grandes monopolios, y que, con el tiempo sus compromisos ideológicos o sociales las han sobrepasado, convirtiéndolas en centros de gastos dependientes del presupuesto nacional, comprometiendo sus eficiencias y el adecuado crecimiento competitivo.

Como ha sucedido con los hidrocarburos, la electricidad se ha convertido en un bien social que ha obligado a los gobiernos a administrarlo en la medida de sus posibilidades, y en países de nacionalismos exagerados, se convierte en un gran dolor de cabeza para los gobiernos de turno. La Unión Europea ha dado un giro en este tema y está siendo muy innovadora cambiando sus sistemas de legislación y regulación, buscando ampliar el espectro de empresas que producen energía y aplicando los conceptos de estrategia de ahorro energético, situando al consumidor en el centro del sistema, e incorporando a las comunidades como entes activos de su proceso de generación de energías. Ello implica un enorme esfuerzo social, institucional e industrial, el cual requiere una visión de largo plazo que reemplazaría sistemas y hábitos en la sociedad.

De allí la importancia de involucrar a la gente a través de organizaciones y gobiernos locales, a grandes y pequeñas empresas en programas de auto generación, así como a diversificar la base de empresas que puedan generar, a lo largo y ancho del territorio, la energía o los kilovatios necesarios para satisfacer eficientemente la demanda integral de un país.

México vive un tiempo de confusiones, pues los responsables de la administración de los recursos energéticos vinculan lo práctico de la generación de energía a lo político. Parecieran privar más los dogmas ideológicos, que las necesidades de los usuarios y del ambiente, y esto, cada día que pasa, acumula consecuencias de mayor impacto, desde el punto de vista de la eficiencia y costos de la generación, pero más grave aún en el daño causado al ambiente y el impacto negativo en el esfuerzo del cambio climático, todo lo contrario de lo acordado por la mayoría de los países en la reciente Cumbre COP26 de Glasgow en Escocia.